El don de la palabra bien usada

domingo, Nov 15

El don de la palabra bien usada

Entrevista con el profesor Fernando Ávila.

Escribir correctamente, con respeto por las normas gramaticales, de manera creativa, organizada y con la argumentación requerida, es el deseo de muchas personas. Y dentro de esta mirada de redactores, hay faros que guían hacia un texto escrito con excelencia.

 

Uno de ellos es el profesor Fernando Ávila, delegado para Colombia de la Fundación del Español Urgente, Fundéu BBVA, una entidad que tiene como propósito impulsar y velar por el buen uso del español en los medios de comunicación. La fundación está respaldada por la máxima autoridad en el idioma, la Real Academia de la Lengua y por la Agencia EFE.

Ávila ha sido un apasionado por el idioma, desde siempre. Fue uno de los creadores de la agencia colombiana de noticias, Colprensa, se desempeñó como Defensor del Lector en el diario El Tiempo y director de la revista Arco. Pero sobre todo, ha sido escritor y 30 libros publicados dan cuenta de una trayectoria prolífica, marcada por el correcto uso del idioma español.

 

¿Cuáles son las principales deficiencias que hay en el sistema educativo de nuestros países para que no se fomente mejor aprender a redactar correctamente? 

“Una clarísima, que se ve en el bachillerato y en las universidades, incluidas las facultades de Comunicación Social, es que los profesores le dicen al alumno que lea su escrito, pero no se toman el trabajo de revisarlo, a ver si lo que escribió respeta las normas mínimas de ortografía y puntuación. La buena dicción, la dramatización, la emoción y el entusiasmo con que el estudiante lee su composición obvian las deficiencias ortográficas.

El libre desarrollo de la personalidad se entiende y se explica en este terreno como el respeto a la forma de hablar de cada quien. No se hacen correcciones de pronunciación, cada quien dice «habemos muchos», «habían más personas», «debe de firmar el acta» «el hecho que no haya venido», «yo soy de los que cree que sí», «¡Miren mi teléfono nuevo!, ¿quieren que se los preste?», sin que nadie advierta el error, y así cada estudiante va creciendo en un ambiente de permisividad lingüística lamentable.

Hay quienes dicen séctimo (por séptimo), acecta (por acepta), cactura (por captura), areopuerto (por aeropuerto), cónyugue (por cónyuge), prorama (por programa), ventisiete (por veintisiete), trentisiete (por treinta y siete) y todo esto, incluso por radio y televisión, y llegan a viejos, se jubilan, y nadie les dice nada”.

 

¿Cómo cree que las nuevas tecnologías, las herramientas digitales y las redes sociales han transformado la redacción actual?  

“Antes se recomendaba evitar la voz pasiva, más propia del inglés, «La niña fue abusada por su tío», y preferir la activa, «El tío abusó de la niña». Hoy se recomienda escribir primero las palabras significativas que permitan a los buscadores destacar más apropiadamente la noticia o el comentario, lo que estratégicamente lleva a preferir a veces la voz pasiva. Los famosos 140 caracteres y otras medidas que exigen brevedad y concisión han sido muy útiles para desmontar el viejo lirismo y hacer más escueto y directo el texto”.

 

¿Cuáles son los errores más frecuentes que cometemos al escribir? 

Hay errores de concordancia, que mi amigo Puno Ardila, resume en el siguiente principio: «Masculino con masculino, femenino con femenino, singular con singular, plural con plural». Uno lee «servicio automotriz» (masculino con femenino), «el 40 % acudieron» (singular con plural), «ellos son capaz» (plural con singular)… y a nadie le importa.

Además, hay un enorme desconocimiento de las normas de acentuación, de tal manera que las tildes que se marcan son las de la memoria visual y las que el computador agrega, por lo que tranquilamente se deja el adverbio más y el sustantivo cóvid sin tilde y, en cambio, se tildan orden, examen y joven…, sin que nadie corrija.

Por lo demás, se pasa por encima de lo que dicen la Ortografía de la lengua española, el Diccionario de americanismos y el Diccionario del español jurídico, y se deja como norma exclusiva ortográfica el Diccionario de la lengua española, que no registra muchas de las palabras y locuciones que usamos a diario”.

 

Si tuviera que elegir las tres reglas obligatorias en la redacción de un texto, ¿cuáles serían? 

“Respetar concordancias, respetar normas de puntuación y procurar la mayor claridad posible”.

 

Quisiera saber si usted realiza mapas mentales antes de proceder con un escrito, de ser así, ¿cuál es el proceso que realiza?

“Si se trata de un ensayo o de un libro de 10 capítulos, sí. Es inevitable tener muy claro el índice general y los intertítulos, aunque en el proceso se tengan que hacer ajustes. Si se trata de un cuento o una narración larga, prefiero dejarme llevar por el impulso, darle paso al monólogo interior, y ya después de que sale todo lo que tiene que salir, comenzar a editar, precisar, corregir lo escrito de manera espontánea. El resultado puede resultar inservible. Es el riesgo que se corre. Pero también puede resultar genial.

Ahora, combinar los dos sistemas me ha dado muy buenos resultados. Mi libro más vendido y elogiado, después de Español correcto para dummies, es Cómo se escribe. Y, aunque tenía un esquema para desarrollar el tema, me dejaba llevar, en el momento de desarrollar cada párrafo. Cada vez que lo releo para hacer adaptaciones y actualizaciones, me sorprendo de lo bien que quedó. Y perdone usted el autoelogio”.

 

¿Qué importancia tiene que una empresa defina y estandarice un manual de redacción para sus comunicaciones corporativas y qué características debería tener este documento? 

“Me parece superimportante. Debe haber un protocolo institucional, tanto para las comunicaciones escritas como para las orales. Soy autor de algunos manuales, el de la UIS, el de El País (Cali), el de Q’hubo y el de RCN Radio, entre otros. A veces me frustra ver que no todos siguen las pautas establecidas, pero, aun así, me parece importante que se establezca en cada empresa un estilo y que se aplique y respete hasta donde sea posible”.

 

 

El don de la palabra bien usada

 

 

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